CLAUDIO, MAESTRO DE “SABIDURÍA LOCA” *, MAESTRO DE LA CONCIENCIA
Enrique Villatoro (**)
* Dícese de ciertos maestros que actúan de forma poco convencional, impactante e incluso provocativa.
Escribir sobre Claudio y la meditación no deja de ser algo extraño, difícil y en cierto sentido prepotente, dado que Claudio es nuestro maestro espiritual. Desde las enseñanzas espirituales que hemos recibido de él, el maestro es el buda y el maestro es el camino. Entonces ¿Quiénes somos nosotros para opinar sobre el buda y su estilo de enseñanzas? Bajo esta premisa, simplemente, destacar que todo lo que se indica en este artículo es una percepción, sesgada, de mi propia limitación neurótica. Como se indican en la enseñanzas y Claudio nos enseñó, la percepción depende del ojo del que mira y no del objeto.
Realmente, es difícil separar a Claudio de la meditación, en el sentido que, en última instancia toda la labor de Claudio, en los distintos y amplios ámbitos que tocó, siempre estaba enfocada y dirigida hacia el proceso espiritual, entendido como un desarrollo de la conciencia. O sea, en sí misma, toda su actividad era un camino de transformación. Y, como ocurrió en los grandes maestros, lo que en un principio fue un camino de búsqueda y liberación individual para sí mismo, se convirtió en un camino de acompañamiento y liberación para otros.
Esto tiene que ver con la trayectoria espiritual seguida por Claudio pues, en su propia búsqueda espiritual, curioseó e indagó en un amplio abanico de fuentes y tradiciones y que, consecuentemente, se influenció de ellas y se ha plasmado en su propio estilo de maestría. Este escrito no pretende profundizar en lo que sería el linaje ni fuentes de aprendizaje de Claudio, dado que en su amplia bibliografía y, especialmente en su propia biografía, está mucho más completo. Sin pretender mencionarlas a todas, hay que indicar que Claudio bebió de muchas y diversas fuentes de espiritualidad desde más tradicionales como el zen, sufismo, budismo, chamanismo, etc. hasta fuentes más científicas y psico terapéuticas occidentales. Claudio conoció a seres ilustres como Tótila Albert, Swami Muktananda, Suzuky Roshi, Thartang Tulku Rimpoche, Idri Shad, Oscar Ichazo, Fritz Perls, Carlos Castaneda, Dilgo Khyentse Rimpoche, el XVI Karmapa, etc.
Aunque, de manera más específica se podría decir que enseñó el camino budista, como se ha comentado él mismo, como buscador, fue discípulo de diversos y variados maestros de meditación provenientes de muchas y muy diferentes tradiciones. Esto lo convirtió, por una parte, en un gran erudito en materia de meditación y, a la vez, en un compilador y aglutinador de todas estas tradiciones espirituales. Es decir, aunque no se le podría ubicar específicamente en ninguna tradición tenia de todas ellas. Más aún, no solo hizo de puente e integró la sabiduría de las tradiciones espirituales de Oriente y Occidente, sino que, hábilmente, las combinó con la comprensión científica y con el autoconocimiento psicológico del ser humano en todos sus aspectos.
Desde ahí, nos podríamos atrever a decir que, en esa capacidad aglutinadora y mezcladora que tenía generó, si no una nueva tradición espiritual, indudablemente, una nueva forma de entender la espiritualidad, un nuevo camino para los buscadores, especialmente, en occidente. Prueba de ello, son las numerosas y, bastante novedosas, aportaciones que hizo a la propia meditación. Entre ellas destaca, la potente meditación interpersonal de a dos personas frente a frente, manera inédita en toda la historia de la meditación tradicional. O el uso de la técnica psicoanalítica de la asociación libre como forma de tomar conciencia. También, ideó prácticas meditativas específicas para cada carácter, en una hábil combinación con la psicoterapia. Y, como no, mencionar la meditación devocional basada en la música clásica que se comentará más adelante.
Incluso, el mismo Claudio acuñó el término de budismo dionisíaco, entendiéndolo como un equilibrio entro lo apolíneo y lo dionisíaco. Dos formas de entender el desapego, tan fundamental en cualquier tradición espiritual: la renuncia a los impulsos (apolíneo) y la no interferencia en el fluir de la vida (dionisiaco). Combinación que, por otro lado, aglutina su visión, como psicoterapeuta gestáltico, de plena confianza en la autorregulación organísmica.
Todos estos aspectos diferenciadores y novedosos en cuanto a la meditación, le definirían lo que, en la tradición del budismo tibetano, se denomina como un maestro de “sabiduría loca”. O sea, un perfil de guía espiritual que no sigue los patrones de conducta y métodos de enseñanzas tradicionales o comunes. A veces. incluso actuando de formas que podrían parecer extrañas o completamente excéntricas desde un punto de vista convencional. En esta línea, posiblemente de lo más impactante, situaríamos toda su amplia experiencia e investigación con los psicodélicos. Recordemos que participó en un amplio número de investigaciones y estudios oficiales en EE.UU. Los utilizó como otra vía de autoconocimiento, de desarrollo espiritual y, especialmente, como un eficaz método de introducción a la naturaleza de la mente. Más impresionante si tenemos en cuenta que eran unos tiempos en los que el uso de este tipo de sustancias era muy cuestionado.
Claudio, también tenía un estilo muy personal y peculiar en su forma de enseñar y practicar la espiritualidad. Aparentemente, no seguía una línea concreta y especifica de prácticas y enseñanzas, a diferencia de otros maestros o tradiciones más ortodoxos. Su método era muy vivencial, frecuentemente, no concretado en ninguna tradición ni práctica especifica. Enseñaba y guiaba saltando y enlazando conceptos y prácticas de varias tradiciones y enfoques de manera simultánea. Esto hacia que sus enseñanzas fueran, a veces, difíciles de concretar en palabras o conceptos, pero, sin embargo, muy movilizadoras. Algo así, como que las enseñanzas te las llevabas puestas, sin que, por eso significara que se hubieran entendido explícitamente. Como que entraban por otra vía diferente a la puramente conceptual o cognitiva.
Otro aspecto a destacar en su forma de guiar, es que era un iniciador de caminos y búsquedas espirituales en las personas que se le acercaban. Es decir, tenía la capacidad de atraer e introducir al camino espiritual a personas que, frecuentemente, nunca habían realizado ninguna practica de meditación o la realizaban de manera poco comprometida. Despertaba la curiosidad y motivación por la meditación y la espiritualidad. Aspecto nada fácil en una sociedad bastante escéptica, si no resistente, ante lo espiritual y lo religioso. Esta introducción e interés lo hacía de manera escalonada, como se demuestra en la progresión de sus enseñanzas en el programa SAT, que ha abierto la espiritualidad a tantas personas.
Concretamente, Claudio, correspondió su programa SAT con los tres vehículos del budismo. El hinayana, vehículo menor con la toma de refugio, lo relacionó con el SAT1 introduciendo la práctica del samatha (calmar la mente) y del vipassana (pura percepción de los fenómenos mentales). Estas dos formas de meditación enlazan con el aspecto cognitivo del carácter, la fijación y su necesidad neurótica.
El SAT2 lo vinculó con el mahayana, el vehículo mayor con la toma del voto del Bodhisattva. En él se enfoca en el zazen: simplemente sentarse sin hacer nada. En este caso se relaciona con las ideas irracionales que condicionan nuestro comportamiento. Se trata de usar la quietud de la mente para tener un entendimiento diferente del carácter. Comprensión que no vendrá del intelecto sino con la experiencia directa con “algo” más íntimo de nosotros.
Y el SAT3 lo entrelaza con el Vajrayana, el vehículo indestructible al tomar ciertas iniciaciones, especialmente, con el budismo tibetano y sus enseñanzas más elevadas. Se enfoca en liberarse de los mecanismos y juegos neuróticos del carácter para que surja lo amoroso. Ya no se trata de ejercicios mentales sino de reconocer, experiencialmente, la verdad profunda de la vacuidad de todo y lo amoroso que conlleva esta vivencia.
Además de introductor a la espiritualidad, tenía la modestia y humildad de animar a sus estudiantes a que siguieran sus propios impulsos de buscadores en otros caladeros espirituales, con otras tradiciones y maestros. O sea, directamente y con bastante frecuencia invitaba a recibir enseñanzas y realizar prácticas con otros maestros, diferentes a él mismo. Ahí se demostraba lo abierto y permeable que estaba a otras vías, seguramente influenciado por su propia experiencia de lo enriquecedor que fue para él conocer a maestros de diversas líneas y tradiciones.
También, en su forma de enseñar era un experto en confrontar y denunciar los juegos neuróticos y manipulaciones de sus discípulos. Aspecto que, igualmente, experimentó en sí mismo de la mano de Fritz Perls, creador de la terapia gestalt, de quien primero fue cliente y, posteriormente, uno de los discípulos más cercanos. En este sentido, él mismo comentaba que siempre había sentido enorme gratitud por los “maestros del garrote”, sin los cuales, tal vez uno, no se puede beneficiar de lo que ofrecen los “maestros del amor”.
Algún concepto similar existe en el budismo, cuando se indica que los auténticos maestros son aquellos que denuncian las faltas ocultas de sus discípulos como una forma de indicarles sus apegos y condicionamientos mundanos. Claudio, mediante el estudio de un amplísimo número de personas que pasaron por sus talleres, obtuvo un extenso conocimiento de la naturaleza humana y, especialmente, a través del eneagrama, por lo que era experto en esas pruebas desafiantes con las personas que les rodeaban. Esas potentes confrontaciones actuaban como indicadores de la motivación de sus estudiantes para mantenerse ahí, a pesar, del dolor egoico que esa confrontación podría suponer. Además, frecuentemente, cuanto más cerca se estaba de él más atrevidas y desafiantes eran sus señalizaciones y pruebas. Posiblemente, por eso, ha habido alta rotación de estudiantes en su entorno, quienes no las han podido sostener.
Desde el enfoque budista se habla de la realización espiritual como una combinación de sabiduría y compasión. Hasta ahora, sobre todo se ha hablado de Claudio desde el punto de vista de un maestro de la sabiduría. Sin embargo, Claudio también demostró su amplio desarrollo espiritual desde el punto de vista de la compasión. En este sentido, se podría decir que era un auténtico bodhisattva, entendiéndolo, tal como se define en el budismo, como un maestro que ha generado la bodhichitta, o sea, el deseo espontáneo y la mente compasiva para alcanzar la budeidad en beneficio de todos los seres sintientes.
Fruto de ello y a un nivel más concreto, en lo que se llama bodhichitta de realización o aplicada destacaría, directamente, su teoría de los tres amores, en la que la liberación del sufrimiento se entiende como el equilibrio entre ellos. Es impactante, el paralelismo de las prácticas esenciales de la compasión budista, la bondad amorosa y el tonglen, con su planteamiento de los tres amores. En dichas prácticas, las primeras fases de la compasión pasan por amarse uno mismo para después poder amar a los otros. Igualmente, Claudio enfatiza la necesidad de equilibrar, lo que él llama nuestra familia interior: padre, madre e hijo vinculados, directamente, con el amor devocional, compasivo, y erótico, como forma de liberarse de la neurosis y, paso previo, para tener unas relaciones más plenas y satisfactorias. Claudio traduce la compasión budista a un lenguaje occidental y cotidiano, lo que facilita su comprensión.
Yendo más allá, en otro nivel más amplio, diríamos que Claudio también manifestó su bodhichitta de aspiración (lo que en budismo se entiende como la visión última del deseo supremo de liberar a todos los seres sintientes), con su idea de querer cambiar la educación como forma de cambiar el mundo. Bajo este prisma, no es que Claudio aliviara a sus discípulos actuales de su sufrimiento, sino que, dirigiéndose al origen del sufrimiento, hizo un ambicioso planteamiento para sanar a toda humanidad desde la raíz, cuidando así las generaciones venideras, ¿No es ese el mayor e inconmensurable acto de amor y compasión? A veces, él comentaba que su visión y el fruto de su trabajo se plasmaría, más claramente en el futuro, a dos o tres generaciones vista.
También es interesante señalar, junto a la sabiduría y compasión, un tercer elemento fundamental en el camino espiritual, la devoción. Nuevamente, Claudio hace una aportación altamente novedosa y movilizadora en este ámbito, como es la utilización de la música clásica como vía meditativa amplificadora de la devoción. Este planteamiento es muy original e inédito, tanto para la misma música clásica, (nadie hizo esa aportación nunca a pesar de que los años que se lleva escuchando) como su utilización específica como generadora de la actitud devocional, tan necesaria en el camino espiritual. Claudio, utiliza la música clásica como un medio hábil para la experiencia iniciática de introducción a la naturaleza de la mente. En este sentido, no se puede dejar de mencionar la que él destacaba como genial, la 1º sinfonía de Bramhs y, especialmente, el cuarto movimiento, que él hábilmente denominó el Canto del Bodhisattva como una manifestación de tal experiencia iniciática. Incluso yendo más allá, consideró los grandes compositores clásicos contemporáneos, como los auténticos maestros espirituales de occidente, cuyas enseñanzas y transmisiones son su propia música.
Con este insólito planteamiento de la música clásica, en una sociedad occidental, bastante escéptica en cuanto a la religión y la espiritualidad, fue capaz de contagiar a un enorme número de sus discípulos de un genuino interés hacia la música clásica e iniciarlos hacia la devoción y la espiritualidad.
No estaría completa esta visión de Claudio como maestro espiritual si no se menciona algo sobre su, nuevamente original, estructura y modalidad de retiro espiritual. Claudio ofreció y dirigió oficialmente diez retiros espirituales para sus discípulos, para cuando éstos hubieran recorrido el camino psico espiritual que él planteó y que consistía en el programa SAT. Estos retiros se realizaban en una modalidad de estricto aislamiento en todos los sentidos, sin salir de la habitación, sin contacto con nadie salvo la íntima comunicación con él mismo por escrito, solo escuchando música clásica, etc. como forma de hacer ayunar al ego. En ese contexto, él mismo de forma individualizada para cada retirante, iba instruyendo y guiando con ciertos elementos secretos que él iba dosificando y adaptando al momento. De esta manera, se manifestaba este aspecto de Claudio de ser un maestro altamente cercano e implicado para con sus estudiantes y, en esa intimidad maestro-discípulo, dar la que sería una de las introducciones más potente que él mismo recibió.
Por otro lado, la espiritualidad en sí misma, dado su aspecto místico e inmaterial, conlleva una perspectiva oculta, secreta y mágica. Claudio, también mostro su interés y confianza en ciertas fuentes de información más misteriosas, ocultas y secretas. Frecuentemente, consultaba a personas con ciertas capacidades y dones más esotéricos, místicos o mágicos, desde canalizadores y videntes hasta sacerdotes yorubas y chamanes. No solo se asesoraba sobre sus propios asuntos, sino que los ponía a disposición de sus discípulos para que también lo pudieran hacer. Esta fe, otro elemento esencial para el desarrollo espiritual, en un nivel inmaterial e invisible de la existencia, sería otra de sus facetas de desarrollo espiritual que también fue capaz de contagiar a una gran mayoría de sus discípulos.
Sin embargo, a pesar de haber bebido de diferentes tradiciones y esa amplia experiencia y conocimiento de diversas vías de autoconocimiento, particularmente, creo que la auténtica tradición y esencia espiritual de Claudio fue el budismo tibetano y, más concretamente, sus enseñanzas más elevadas de la Gran Perfección. Se podría decir que, en los últimos años, se mostró de forma algo más evidente en esa línea, como lo demuestran sus meditaciones sobre el espacio o los ejemplos del espejo o el cristal, específicos de esta tradición. Aun así, siendo directas ciertas prácticas del budismo tibetano, es decir, se enfocan directamente en el fruto del camino, como se ha comprobado en este escrito tuvo la enorme capacidad de conocer también el camino gradual, acompañando así, a cada uno de sus estudiantes según sus necesidades específicas.
El mismo reconocía a Thartang Tulku, renombrado maestro de la tradición Nyingma del budismo tibetano, como su maestro raíz, el maestro principal. De hecho, este fue el único maestro que continuaba visitando en los últimos años de su vida. Incluso, se podría decir que, una de sus últimas señales de realización fue que, como indica la tradición tibetana de recibir la última bendición del maestro raíz, antes de morir, Claudio le visitó personalmente. Tuvo la intuición de viajar, en condiciones físicas muy difíciles y no recomendables por los médicos, desde Europa a Estados Unidos para hacerle una última visita, tras la cual, a los pocos días dejó este cuerpo y pasó al paranirvana.
Una vez, Claudio fue preguntado sobre el porqué en nuestro tiempo no existían maestros tan realizados y eruditos como los de antes, él contestó que lo que no había eran discípulos con la devoción y entrega como los de antes. Como se comentaba al principio de este escrito, la visión del maestro depende del discípulo. En el budismo tibetano se indica que si vemos al maestro como un perro tendremos bendiciones de perro, si lo percibimos como un humano tendremos bendiciones de humano y si lo percibimos como un ser realizado tendremos bendiciones y realizaciones de un ser realizado. Sin lugar a dudas Claudio llegó a la realización, al final de su camino.
Es una bendición y regalo haber conocido y tenido tan cerca un maestro vivo de la calidad y realización de Claudio Naranjo. Ahora, depende de nosotros, de nuestra propia percepción, aprovechar esta oportunidad en nuestro propio camino de realización.
Enrique Villatoro
(**) Miembro del equipo encargado por Claudio para la continuidad de sus retiros, junto con Assumpta Mateu, Ginetta Pacella, Enrique de Diego, Eustaquio García, Fátima Caldas.
Este artículo fue publicado en la Revista de Terapia Gestalt n 43/2023 «Los frutos de Claudio»