La familia como punto de partida

Las experiencias que hemos tenido en nuestra familia configuran nuestro YO. Nuestra estructura básica de carácter a partir de los modos de relación e intimidad con los otros miembros. La adaptación a la familia y a los mecanismos defensivos utilizados para conseguirlo. En definitiva, la familia conforma nuestra primera experiencia de vinculación. Condiciona nuestro futuro modo de pertenencia e integración en los diversos grupos con  los que nos encontremos. Veámoslo desde La Terapia de grupo Gestalt.

La construcción del grupo de terapia

Por un lado, la terapia de grupo gestalt se realiza porque hay un terapeuta que los convoca, a quien se le transfiere un saber: “nos va a curar”, “nos va a enseñar”,…  . En el terapeuta depositamos nuestro ideal de forma de ser, en definitiva le otorgamos una autoridad. En ese proceso de dar al terapeuta la autoridad, ponemos el poder fuera. Entonces entramos en un nivel psicológico regresivo, que nos trae al presente las sensaciones de lo vivido en la experiencia familiar con la  figura del padre. Le transferimos pues la función  de Padre. Esto condiciona nuestro  posicionamiento y comportamiento dentro del grupo. La mayoría de veces, repetimos el modelo de comportamiento que tuvimos con nuestro padre real. Por ejemplo, estableciendo alianzas con los hermanos, buscando ser el preferido, sintiéndonos excluidos. Si tuvimos un padre muy autoritario, nuestra actitud  puede que sea activa de rebeldía y confrontáción. O bien de forma pasiva: llegando tarde, ausentándonos, manteniéndonos defensivos en  los trabajos…

Proyección de la familia en el grupo

Conforme se integra el grupo en su totalidad, le otorgamos al terapeuta el rol de ser el que nos contenga. El que nos cuida y nos protege. A la vez tenemos miedo  que nos haga dependientes, que no nos permita ser. Volvemos así, a la experiencia regresiva de nuestra primera relación  de bebe/niño con la madre. Cuando formábamos parte y en unión dentro la madre. Es así como transferimos la imagen de madre. La ambivalencia de querer sentirnos participes, queridos, con  miedo a ser rechazados, y a la vez miedo a ser tragados, chupados. Por ejemplo, si fuimos rechazados por la madre, nos sentiremos rechazados por el grupo. Si las viejas necesidades de dependencia no se han resuelto, mantendremos la esperanza de ser alimentados y cuidados por el grupo. Todo ello con una actitud reclamante, exigente.

También se produce una transferencia multilateral con el resto de participantes, a quienes se coloca el rol de hermanos . Con ellos hemos de compartir la atención del terapeuta y del grupo, son nuestros rivales. Aparecen antiguas vivencias de celos, envidias, competitividad, alianzas, sentimientos hostiles hacia el padre y los hermanos. Convertimos así a los demás , en espejos donde proyectamos los aspectos y sentimientos considerados negativos , y por tanto negados, en uno mismo.

Oportunidades de la Terapia de Grupo Gestalt

En definitiva, la situación grupal es idónea para poder revivir, remodelar  y reparar la forma de vinculación que hemos tenido en la experiencia familiar. Se abordan y revisan las experiencias y conflictos derivados de actitudes inadecuadas frente a los padres y hermanos. Corregimos así los viejos roles para adaptarlos a la realidad actual con aspiraciones más adecuadas. Al mismo tiempo, el trabajo en grupo reforzará el Yo de la persona para dejar crecer una autoridad autentica. Convirtiendo el poder fantaseado y externo en un poder personal con mayor sensación de seguridad personal.  El trabajo grupal nos servirá de eco con su función critica o confirmadora sobre la nueva forma de actuar. Un camino hacia un contacto más consciente, real y responsable.

Leonor Martorell

1999

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